lunes, 9 de junio de 2008

LAS LECCIONES DE LOS POBRES: EL EVANGELIO SEGÚN VARGAS LLOSA

Hace muchos años asistí -invitado por el Comité de Empresa de la fábrica- a una comida con un grupo de alcaldes peruanos de izquierdas que habían venido a visitar España. No mucho tiempo antes había leído algunas obras de Mario Vargas Llosa, como Pantaleón y las visitadoras y La Ciudad y los perros. Me miraron mal y torcieron el gesto cuando me permití hacer algunos comentarios elogiosos sobre el gran escritor que, años después, había de competir por la Presidencia de su país.
He recordado esta pequeña anécdota personal al leer un brillante artículo de Vargas Llosa en el diario El País del domingo día uno de junio. En este artículo, cuya lectura recomiendo vivamente, el autor de Conversación en la Catedral narra las historias de algunos triunfadores que, partiendo de la más absoluta pobreza, llegaron al éxito económico y social gracias a su esfuerzo, a su talento y a su suerte. Reproduzco aquí el párrafo final que, a modo de conclusión, escribe este moderno apóstol del liberalismo a machamartillo:

Los pobres saben mejor que nadie, porque lo han aprendido en carne propia, que no son los Estados ineficientes del tercer mundo, paralizados por el cáncer de la burocracia, y roídos por la ineficiencia, los tráficos delictuosos, el amiguismo y otras taras, quienes los sacarán de la pobreza. Saben, como Aquilino Sánchez cuando se rompía los lomos lavando autos o trotando por las calles de Lima vendiendo camisetas, que su supervivencia depende sólo de su ingenio, su trabajo y su voluntad de superación. Esa energía puede mover montañas, a condición de que no se agote y esterilice luchando contra artificiales obstáculos que vienen siempre de la intromisión estatal. Los héroes civiles cuyas hazañas describen los estudios de este libro (se refiere al libro "Lecciones de los pobres", editado por su hijo Álvaro Vargas LLosa) son un ejemplo vivo de que la pobreza en que viven cientos de millones de personas todavía en el mundo no es una fatalidad irredimible sino un mal que puede ser combatido y vencido con unas armas cuya divisa cabe en cuatro palabras: trabajo, propiedad privada, mercado y libertad.

A mi admirado Don Mario se le olvidó añadir algunas palabras más: impuestos razonables, salarios justos, derechos sociales y laborales, mejor distribución de la riqueza, escuela y sanidad para todos, pensiones dignas, etc. Si dejamos la economía única y exclusivamente al libre juego de las fuerzas del mercado, nunca jamás acabaremos con la pobreza y la miseria. Don Mario nos cuenta la historia de Aquilino Sánchez, que era pobre de solemnidad y se convirtió en un potentado del sector textil, como nuestro Amancio Ortega. Pero qué pasó con todos los otros jóvenes, también pobres de solemnidad, que recorrían las calles de Lima vendiendo camisetas. ¿También acumularon tanta riqueza como Don Aquilino? Salud y buena suerte a todos. Y. G.

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