Como sabéis, hace algún tiempo le tomé prestada a Paul Auster la idea de ir recopilando materiales para una "historia del desvarío humano". A partir de ahí nació en este cuaderno de bitácora una nueva sección que inaugurábamos con unas declaraciones de Monseñor Bernardo Álvarez, Obispo de Santa Cruz de Tenerife, sobre la presunta incitación de los jóvenes a las prácticas homosexuales.
Ahora debemos hacerle un hueco de honor a José María Aznar López, después de unas declaraciones suyas a la BBC en las que asegura que "la situación en Irak no es idílica, pero sí muy buena". La entrevista fue hecha el martes de esta Semana Santa, pero no consta que el ex-Presidente del Gobierno estuviera afectado por un consumo excesivo de torrijas cuando contestó a las preguntas de los periodistas de la radiotelevisión británica. Es más, rememorando aquella foto en la que Dios Padre, o sea, George Bush, posó la mano izquierda sobre su hombro, Aznar añadía que "hoy actuaría del mismo modo, aunque aquel fue un momento difícil para mí; pero mi convicción, mi conciencia y mi mente están limpias, porque la decisión de invadir Irak fue la decisión correcta".
No hay palabras -o por lo menos yo no las encuentro- para definir a qué extremos de ceguera ha llegado este hombre en su empecinada determinación de negar la evidencia. Recuerdo que en los meses y semanas previos a la invasión me asombraba, aparte de sus delirios de grandeza junto al comandante en jefe de la superpotencia, aquel discurso en el que repetía machaconamente que "todos los terrorismos son iguales" y se negaba a reconocer que pueden darse situaciones en las que nazca un movimiento de insurgencia o de resistencia contra una potencia invasora o dominante. Eran tiempos en los que a Aznar no le tosía nadie y su mayoría absoluta en el Congreso se le había subido peligrosamente a la cabeza. Federico Trillo ha contado en sus memorias que Rodrigo Rato intentó hacerle entrar en razón, le advirtió de los peligros que entrañaba la aventura iraquí, pero él se limitó a darle secamente las gracias con un fondo de infinita tristeza en la mirada.
Y digo que me asombraba su discurso porque, llevado a sus últimas consecuencias, significaba que, en opinión de Aznar, tan patriota él y tan orgulloso él de la historia de España, podía aplicarse el calificativo de "terroristas" para los españoles que, hace ahora dos siglos, se levantaron en armas contra los ejércitos de Napoleón. Al fin y al cabo, como muy bien sabían y sufrían los españoles afrancesados, lo que las huestes del Emperador querían traernos era la modernidad, la liquidación del antiguo régimen, los valores ciudadanos que había consagrado la Revolución y que darían pie al surgimiento de las democracias, tal como hoy las conocemos. Pero la modernidad, la democracia, las libertades, la separación de la Iglesia y el Estado, la enseñanza laica, etc. no se pueden imponer desde fuera y a cañonazos. Y eso es justamente lo que se pretendía, en el mejor de los casos, con la invasión de Irak: imponer la democracia a cañonazos. Y a lo peor hasta tenemos que estar de acuerdo con quienes sostienen que esa presunta implantación de un régimen de libertades no era más que una burda coartada, porque la finalidad verdadera no era otra que hacerse con el control de una de las principales zonas petrolíferas del mundo. Ni Aznar ni sus asesores quisieron ver la lección histórica de la Guerra de la Independencia, que podía aplicarse, sin demasiado esfuerzo de imaginación, al caso de Irak. Tampoco quisieron recordar la mucho más reciente lección de Vietnam, y decidieron apoyar al Gobierno de los Estados Unidos en una operación en la que llevan ya cinco años empantanados y a la que nadie es capaz de ver un final razonable.
Creyeron que con invadir el país y ahorcar al dictador y a algunos de sus colaboradores la misión estaría cumplida y el trabajo terminado, como les gusta decir a Bush y compañía. Pero eso era sólo el principio de un infierno en el que ya van 4.000 soldados norteamericanos muertos. La potencia ocupante se muestra manifiestamente incapaz de mejorar la vida de la gente, hay más terrorismo que nunca, la guerra civil entre comunidades religiosas puede extenderse en cualquier momento y existe el peligro de una insurgencia generalizada. Desde la invasión, han muerto más de cien mil civiles irquíes, millones de personas han tenido que abandonar sus hogares, el paro afecta a más de la mitad de la población activa, dos tercios de la población no tienen agua potable y la pobreza extrema amenaza a la mayoría. Esa es la situación que el clarividente Aznar se atreve a calificar como buena. Igual de clarividente que cuando dijo que, con su política exterior, iba a sacar a España del rincón de la historia. El poder, y también el abandono del mismo, parece que transtorna a los humanos y les hace ver espejismos que acaban llevándoles a un laberinto del que no saben como salir. Salud y buena suerte a todos. Y. G.
BIEN HALLADOS
Hace 16 años
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