El Impuesto sobre la Renta es lo que nos queda cuando la esperanza de la revolución se esfuma. Puede que haya leído esta frase en algún sitio, o puede que la haya soñado o que me la esté inventando en este momento. En cualquier caso, me parece adecuada para expresar dos ideas: la búsqueda de una mayor igualdad social ya no es posible - a lo mejor no lo ha sido nunca - por la vía de los cambios bruscos o revolucionarios; y la imposición directa es uno de los instrumentos imprescindibles de que disponen los poderes públicos para redistribuir la riqueza y avanzar cuanto sea posible hacia la igualdad de oportunidades.
Algunos profesionales de la economía sostienen que esa redistribución de la riqueza se hace más por la vía del gasto público que a través de la imposición fiscal. En realidad, me parece a mí, ambas cosas - recaudación de un lado y gasto de otro - son complementarias. Y evidentemente, desde el punto de vista de la justicia social, esa recaudación tiene que hacerse de manera preferente a través de los impuestos directos y no de los indirectos, que gravan por igual al que tiene mucho y al que tiene poco.
También señalan algunos profesionales que no hay que sacralizar el IRPF ni tampoco la tarifa progresiva del Impuesto, porque las ingenierías financieras y las asesorías fiscales - aliadas muchas veces con la voluntad defraudatoria pura y dura - encuentran caminos de escape para las rentas más altas. Se configura así un panorama en el que los ingresos que el IRPF proporciona a las arcas del Estado provienen principalmente de las personas que tienen su ingresos sujetos a una nómina, de los trabajadores y las clases medias asalariadas. Y a partir de esta situación, en la que los verdaderamente ricos no pagan impuestos o no los pagan en la medida que les correspondería de acuerdo con la Constitución y las leyes, muchos abanderados de la economía neoliberal proponen que la tarifa del Impuesto sobre la Renta se reduzca a un tipo único. Tipo único que debería situarse, según las ideas y cifras que manejan estos expertos, a un nivel similar al del Impuesto de Sociedades, es decir, alrededor del 30 por ciento. El más famoso valedor del tipo único ha sido y sigue siendo Miguel Sebastián, fichado por José Luis Rodríguez Zapatero para dirigir la Oficina Económica de la Moncloa y posteriormente para disputarle la Alcaldía de Madrid a Alberto Ruíz Gallardón. Pero los propios dirigentes socialistas se asustaron un poco con esta idea del tipo único, cuando Miguel Sebastián se pasó con armas y bagajes a su campo desde la jefatura del Servicio de Estudios del BBVA, una jefatura de la que había sido descabalgado porque a Rodrígo Rato tampoco le gustó mucho que, desde el citado Servicio de Estudios, Sebastián actuara como un francotirador contra la reforma fiscal que había preparado el Gobierno de José María Aznar.
Actualmente la tarifa del Impuesto está reducida a cuatro tramos, que van desde el 24 al 43 por ciento. Al comienzo- finales de los años 70 y primeros 80 - había infinidad de tramos y, en general, puede decirse que cada reforma que se ha hecho ha sido para reducir el número de tramos y al mismo tiempo rebajar sustancialmente el tipo máximo. Si no recuerdo mal, este tipo máximo llegó a ser del 56 por ciento, luego bajó al 53, al 45, y ahora está en el 43. Y en general también, lo que puede decirse es que cada reforma que se ha hecho ha resultado tanto más favorable para el contribuyente cuanto más elevados fueran sus ingresos. O sea, que poco a poco se ha ido recortando la progresividad del Impuesto y el tipo único - si llega a implantarse - le daría prácticamente el descabello.
Hay que reconocer que un 56 por ciento es a todas luces excesivo, y posiblemente también sea excesivo el 43, no lo sé. Nunca he tenido la suerte de elevar mis ingresos hasta rozar lo que los técnicos llaman el márginal máximo, es decir, el porcentaje al que cotiza cada euro que añades a lo que ya estás ganando. Me meto, por ejemplo, en la piel del escritor Juan José Millás - reciente ganador del Planeta - y me digo a mí mismo que a mí tampo me gustaría mucho que Hacienda se llevase el 43 por ciento de los 600.000 euros con que está dotado el premio. Aunque me cuentan - ingenierías financiero-fiscales - que los dueños de la editorial suelen abonar el premio en varios ejercicios para así rebajar todo lo que pueden la factura fiscal a la que debe hacer frente el galardonado. Me meto en la piel de Fernando Alonso y me digo a mí mismo que yo tampoco sería tan patriota como para presentar mi declaración de la renta en España y lo más seguro es que me fuera a vivir a Suiza o Andorra, países que siempre te acogen con los brazos abiertos, si llevas contigo el dinero suficiente para costeártelo. Ya digo, no sé si el 43 es demasidado, pero lo que sí sé es que a los defraudadores, a los que les jode tener que pagar impuestos, cualquier porcentaje siempre les parecerá un expolio. Con esta gente lo que el Estado tiene que hacer, a mi juicio, es perseguirlos implacablemente, como se hace por ejemplo en los Estados Unidos de América, y no avenirse a sucesivas rebajas que nunca les dejan satisfechos.
(((((( Continuará .... )))))))))
Yago Gardel
BIEN HALLADOS
Hace 16 años
1 comentario:
Bueno quiero constatar que esto es un blog de alto nivel, ya que el lenguaje utilizado no siempre esta al alcance del gran publico entre los que me encuentro, tampoco con las cifras se puede hacer un seguimiento de su exactitud, pero daremos un voto de confianza al Sr. Gardel, y seguiremos sus "flowers", que siempre nos descubren algo interesante. MRA
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