El Presidente del Gobierno ha comparecido por fin en el Parlamento para dar cuenta de sus gestiones en relación con el caos que sufren los trenes de cercanías de Barcelona por culpa de las obras del tren de alta velocidad. Esto le honra y le acredita como un gobernante con buenos reflejos democráticos, pero es una falacia pretender que la comparecencia ha sido a petición propia, porque todos los grupos parlamentarios - menos el socialista, como es lógico - llevaban semanas exigiendo esa comparecencia y exigiendo también la dimisión o la destitución de la Ministra de Fomento.
La cuestión central que se debatía, como señaló Josep Antoni Durán i Lleida, era la mala gestión de una obra pública y la necesidad de que las responsabilidades políticas no sean un mero ejercicio retórico y signifiquen algo concreto, es decir, que alguien las asume y ese alguien presenta la dimisión y se va a su casa. Nada de esto sucedió y, como consecuencia, a Rodríguez Zapatero le llovieron las críticas desde todos los sectores del Hemiciclo. Nunca en la actual legislatura el Jefe del Gobierno había estado tan sólo políticamente. Al menos esa es la impresión que yo tuve escuchando el debate por la radio mientras me daba una buena caminata en busca de uno de mis sitios favoritos para ver la puesta del sol.
Rodríguez Zapatero reconoció los errores cometidos, pidió disculpas a los ciudadanos y usuarios afectados, alabó la paciencia y la comprensión que han mostrado estos ciudadanos, aseguró que, una vez olvidado el sueño de inaugurar el AVE a Barceloan antes de las Navidades, su prioridad ahora es restablecer cuanto antes el servicio en las líneas de cercanías cortadas, y se mostró convencido de que es compatible recuperar las cercanías y proseguir con las obras del AVE. Pero sólo pudo comprometerse a que ambas cosas, el funcionamiento de normal de las cercanías y el AVE en la estación de Sants, se harán cuanto antes. No pudo dar fechas precisas, tampoco defendió a su Ministra de Fomento, a la que había humillado días antes visitando las obras en solitario, y capeó como pudo el temporal de críticas desatado por una situación insostenible.
Desde su escaño, Magdalena Alvarez siguió impávida la intervención de su jefe y con muchos gestos, muchos aspavientos y muchas sonrisas los discursos de los distintos portavoces parlamentarios. Esto lo digo por lo que vi, luego de disfrutar a fondo el atardecer, en los telediarios de la noche. Algunos han hablado de la mujer de rojo en el banco azul. Y su vestido era rojo, en efecto, pero no tan vivo como el que lucía la protagonista de la famosa película. Yo creo que le favorecía bastante y la encontré casi bella, aunque de todos es conocido que se trata de una mujer de rasgos muy duros, tanto físicos como de carácter. Y mientras la veía me pregunté por qué no dimite, por qué no acepta que su crédito está agotado y por qué no se da cuenta que con ese empeño lo único que hace es agravar el riesgo que corre Rodríguez Zapatero en este envite.
En un comentario anterior me preguntaba quién ganará las próximas elecciones generales, que al parecer se van a celebrar el domingo día 9 de Marzo. No creo que el caos en las cercanías de la Ciudad Condal vaya a ser el factor decisivo, pero lo cierto es que Cataluña, y singularmente la circunscripción de Barcelona, donde se eligen más de treinta diputados, son muy importantes para los socialistas. Una dimisión a tiempo, como las retiradas en la buena estrategia militar, podría ser una victoria. Pero lo más difícil es precisamente eso, saber discernir que ha llegado el momento adecuado para dejar que otros lo intenten donde uno ha fracasado.
La actitud de Magdalena Alvarez, desafiante en su escaño del banco azul, me recuerda un poco lo que pasó en los últimos tiempos de Tony Blair. El líder laborista había hecho historia, había tenido cotas de popularidad abrumadoras, pero, diez años después de su llegada al poder, estaba claro que ya no podía remontar el vuelo, que su tiempo había pasado y que cada día más en el 10 de Downing Street era otro paso hacia el desastre. No había forma de que el hombre de la Tercera Vía encontrara el momento para dar el relevo. Llegué a pensar que una voluntad suicida se había apoderado de él y que estaba dispuesto a seguir hasta el final, aunque eso llevase acarreado el hundimiento de su propio partido frente a los conservadores.
Muy posiblemente, Rodríguez Zapatero se sentiría aliviado si Alvarez se presentase mañana mismo en su despacho con la dimisión irrevocable. Su hoja de servicios, el balance con el que acudirá a pedir el voto de los electores, sufriría un desgaste, pero mucho mayor es el desgaste que puede sufrir si Alvarez sigue en su puesto y de aquí a Marzo siguen pasando cosas tan bochornosas como las que han ocupado los titulares de la prensa durante las últimas semanas. El problema es que ella no quiere dimitir y él no quiere destituirla. O a la mejor están jugando con el cálculo de que cinco meses en política son un período muy largo y hay tiempo suficiente para enderezar el rumbo y apuntarse éxitos que hagan olvidar los fracasos actuales. Lo malo, en este último caso, es que el cálculo - como el de lo ingenieros que dirigen las obras del AVE - sea erróneo y los cinco meses se conviertan en cinco siglos de agonía. Salud y buena suerte a todos
Yago Gardel
BIEN HALLADOS
Hace 16 años
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