jueves, 15 de noviembre de 2007

FLOWER NINE: EL IRPF Y EL TIPO UNICO ( Y DOS )

Así pues, la tarifa actual del Impuesto sobre la Renta, escalonada en cuatro tramos, me parece bastante aceptable. Aunque quizá el gobierno y el Parlamento deberían revisar al alza los niveles de renta a los que operan los distintos porcentajes. Pongamos el ejemplo de un jubilado, ya que el autor de estas líneas está en la etapa inmediatamente anterior, es decir, en la prejubilación. Imaginemos que este jubilado ha conseguido, por fin, vencer la feroz resistencia de los hijos a abandonar el hogar paterno y vive solo con su esposa. E imaginemos ( a lo mejor ya es mucho imaginar, pero hagamos el esfuerzo ) que ha sido un trabajador privilegiado y le corresponde la pensión máxima. Sus ingresos brutos en 2008 rondarán los 33.000 euros y tendrá que pagar al fisco algo más de 5.000. Esto significa que alrededor del 15 por ciento de su pensión se la lleva la Hacienda Pública.

Si esos mismos 33.000 euros los está ganando un trabajador soltero, pagará algo más de 6.000, es decir, alrededor del 20 por ciento. Pero a esos seis mil y pico habría que añadir, en este caso, los dos mil y pico que estará pagando como cotización a la Seguridad Social. Si sumamos impuestos más cotizaciones, resulta que nuestro trabajador soltero destina unos 9.000 euros anuales a las arcas del Estado, casi un 30 por ciento de su salario bruto. Reconozcámos que, a partir de estos número hecho a la vuelapluma, es un poco exagerado que una persona con un salario bruto mensual de 2.400 euros vea que uno de cada tres se los queda el Estado. Quizá ese porcentaje tendría que aplicarse a quienes están por encima de los 60.000 ó 70.000 euros. Y el máximo actual del 43 por ciento, que opera para ingresos superiores a los 53.000 euros, tendría que corregirse y aplicarse a las rentas que estuvieran por encima de los 100.000 euros.

TREINTA AÑOS YA DESDE LA REFORMA FISCAL DE FERNANDEZ ORDÓÑEZ

El problema es que, a pesar de los extraordinarios signos de riqueza que exhiben muchos conciudadanos ( desde potentes vehículos todoterreno hasta yates de lujo, pasando por propiedades de todo tipo más la consabida acumulación de billetes morados ) no hay más allá de un uno por ciento de contribuyentes que declaren ingresos por encima de los 100.000 euros. He aquí una ingente labor que tienen por delante los gobiernos de España y sus ejércitos de funcionarios: sacar a la luz toda es riqueza oculta, hacer que sea verdad el principio constitucional de que cada ciudadano debe contribuir al sostenimiento de los servicios públicos de acuerdo con su capacidad. Si se consigue que todos paguen, es muy posible que tengamos que destinar una proporción menor de nuestros ingresos a liquidar cuentas con Hacienda.
A mí nunca me ha molestado pagar lo que me corresponde de acuerdo con la ley. Creo en el papel del Estado para conseguir una sociedad mejor en todos los sentidos. Presenté mi primera declaración ( supongo que catastrófica, porque entonces me sonaban a chino conceptos como base imponible, base liquidable, desgravaciones, capital mobiliario, gastos deducibles, etc. ) en la primavera del año 79. La primera Ley del IRPF, impulsada por Francisco Fernández Ordóñez, se había aprobado, si la memoria no me falla, en el año 78. En esto soy bastante chapado a la antigua: cada mes de mayo compro en el estanco el sobre para la declaración, la relleno - no sin ciertas dudas y dificultades - y la presento en la oficina de la Administración Tributaria. Nunca he recurrido a los asesores ni al programa PADRE ni a la cita previa ni a la declaración por Internet: me gusta el método tradicional. Y también sigo chapado a la antigua ( aunque a lo mejor no tanto ) en mi defensa del Impuesto como una herramienta poderosa para la igualdad de oportunidades, como una garlopa con la que pulir las aristas más hirientes de la injusticia y las diferencias sociales. Y a veces, cuando la cabeza se me alborota un poco a base de vino y versos, digo que me habría gustado ser inspector de hacienda o guardabosques. Pero son sólo sueños a toro pasado, porque para lo primero nunca tuve el necesario dominio de las leyes y las matemáticas; y de lo segundo me desanimé cuando supe que nunca podría ser el Amante de Lady Chaterly. Salud a todos y buena suerte.

Yago Gardel

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