Por fin ha terminado la huelga de los servicios de limpieza del Metro madrileño, y las estaciones vuelven a tener un aspecto presentable. Pero durante tres largas semanas, coincidiendo además con las fiestas navideñas, los usuarios del Metro han tenido que soportar la compañía de montones de basura mientras efectuaban sus desplazamientos. Sin duda los trabajadores de las contratas de la limpieza tenían mucha razón en sus reivindicaciones, y en parte han sido atendidas en el acuerdo final. Sin embargo, lo que me resultó asombroso es que la basura, los desperdicios de todo tipo, estuvieran rebosando las papeleras e invadiendo todos los rincones de las estaciones a las pocas horas de declararse la huelga. Es evidente que alguien se dedicó a incrementar adrede la suciedad general en los andenes y en el resto de las dependencias para reforzar la presión sobre las empresas y las autoridades públicas de la región. Y hasta tal punto es evidente, que en el acuerdo firmado entre las partes en conflicto se incluyó una cláusula para la readmisión de los despedidos por dedicarse presuntamente a tan deplorable "tarea". El despido podía constituir una sanción excesiva a todas luces, pero la readmisión sin más también encierra el desalentador mensaje de que en futuras situaciones similares acabará ocurriendo otro tanto.
La huelga es un derecho esencial en una democracia. Si no hay derecho de huelga, no hay democracia. Y a lo largo de la historia ha sido el recurso más podereso al alcance de los trabajadores para mejorar sus condiciones de vida y de trabajo. Más seguridad en el empleo, más protección frente a la enfermedad, mejores salarios, jornadas más reducidas y, en definitiva, menos explotación: ese ha sido el norte que ha guiado siempre a los sindicalistas. Y así debe seguir siendo. Pero me parece que los propios trabajadores, y los sindicatos que los representan, deberían pensarlo mejor a la hora de convocar huelgas en el sector público, en los servicios públicos. Y no sólo a la hora de convocarlas, sino en la forma de llevarlas a cabo. Porque en estos sectores, que en última instancia dependen de los Presupuestos que sufragamos entre todos, el viejo concepto de la explotación ya no funciona; aquí ya no estamos ante un empresario que se "apropia" individualmente de la plusvalía, sino que son los ciudadanos en su conjunto los "patronos" de estos trabajadores y los que sufren las consecuencias cuando se produce un cese de actividad.
Esa reflexión que yo reclamo se me antoja tanto más urgente cuanto que la tendencia observable desde hace tiempo en el sindicalismo del sector público es la de tomar a los ciudadanos como "rehenes". Se convocan paros en los transportes cuando se acerca la Semana Santa o las vaciones de verano, se llenan las calles, o las estaciones del Metro, de basura y se suspenden las operaciones programadas, agravando la angustia de quienes sufren las listas de espera. Ese sindicalismo, si sus dirigentes no tienen cuidado, puede acabar defendiendo no unas mejoras que nos lleven hacia una sociedad más justa, sino los privilegios de ciertos sectores frente al conjunto de la ciudadanía. Y no quiero decir con esto que los empleados de las contratas de limpieza sean unos privilegiados, ni mucho menos. Y repito además que la mayoría de sus reivindicaciones eran completamente justas, pero a lo mejor podrían haber llevado a cabo su huelga sin causar tantas molestias a los usuarios.
CONTENEDORES VACÍOS Y LA BASURA EN EL SUELO
Por otra parte, esa acelerada acumulación de basuras plantea un serio interrogante sobre el civismo que observamos en nuestra vida cotidiana. Porque si sabemos que hay huelga, deberíamos extremar nuestra precaución para no arrojar desperdiciós allí donde sabemos que nadie los va a limpiar. La última de las fotografías que acompañan a este artículo está tomada en mi barrio al día siguiente de la venida de los Reyes Magos. Los vecinos saben, o deberían saber, que los trabajadores de la recogida de basuras no echan al camión nada que esté fuera de los contenedores: ese es un derecho que han conseguido en pasadas negociaciones, junto con el manejo de camiones dotados con brazos mecánicos, de modo que su contacto físico con los desperdicios es mínimo y la salubridad de su trabajo mucho mayor. Los vecinos deberían saberlo, insisto, y volverse a casa con sus cajitas y sus bolsitas si encuentran el contendor lleno: no pasa nada por tirar la basura al día siguiente. Pues no señor, la tiran al suelo y ahí se queda días y días hasta que el Ayuntamiento , o la Junta Municipal del Distrito, envía una brigada especial a resolver el desaguisado.
BIEN HALLADOS
Hace 16 años
2 comentarios:
Lo cierto es que, como en los más castizaos bares españoles, yo he visto tirar basura en el metro, en plena huelga. Reconozcámos que hay a quien le gusta la basura, la mugre, la porquería a los pies. Como a los cerdos el barro, habrá quien heche de menos la suciedad.
Si el incívico temiese la sanción que le puede caer ante su comportamiento, cambiaría su manera de actuar. Los responsables de poner sanciones no las ponen porque es antipopular y vale lo mismo el voto de la persona más educada del mundo que el del derdo más cerdo.
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