La aldea remota iba quedándose sin familias - años sesenta de la pasada centuria - casi de un día para otro. Los jóvenes eran la vanguardia de aquel éxodo imparable hacia el taxi, la barra del bar, la cadena de montaje y la chabola. Muchos años después leería yo algunas explicaciones sobre las razones económicas y sociales que hicieron de la España agraria un país industrial. Pero entonces no habíamos llegado aún a los 25 Años de Paz, tan celebrados por el régimen franquista, y la única razón que pudieron captar mis oídos infantiles era que con el nuevo cura había llegado al pueblo la prohibición de hacer baile los fines de semana en el Salón. El Salón era un espacio público perteneciente al Ayuntamiento, donde fue instalada por cierto la primera tlevisión que llegó a la aldea, y que los viejos llamaban La Barbería, porque allí era donde se instalaba el peluquero ambulante que les prestaba sus servicios una vez por semana.
Recordaba yo esta pequeña anécdota de Don Gerardo - que así se llamaba el nuevo sacerdote enviado por el Obispado - y su aversión por el baile, mientras leía las informaciones sobre la gran manifestación celebrada el domingo día 30 de Diciembre en la plaza de Colón, de Madrid. El lema de la concentración era "Por la familia cristiana", pero la conclusión a la que llegué después de leer las cróncias es que la jerarquía católica - por lo menos el sector dominante de la misma - lo que quiere es prohibirnos el baile. O que bailemos al son que ellos toquen. Es una actitud autoritaria que llevan inscrita en los genes, porque se sienten dueños de la verdad suprema e indiscutible, y esa certidumbre les llevó en el pasado a proclamar un mensaje que merece un lugar de honor en la historia del desvarío humano: fuera de la Iglesia Católica no hay salvación posible.
Hoy en día nadie se atreve a discutir que las creencias religiosas, además de ser un derecho inalienable, pertenecen al ámbito privado, a la propia conciencia del creyente, mientras que la política pertenece a la esfera pública, nos afecta a todos, creyentes y no creyentes, porque mediante el ejercicio de la política decidimos las normas de convivencia en una sociedad libre y democrática. Pero los dirigentes de la Iglesia Católica, y más aún tras el magisterio inigualable de Juan Pablo II, siguen mezclando política y religión. A pesar de que su fundador dejó dicho con toda claridad que "su reino no era de este mundo" y que "había que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", los mandamases del catolicismo no han hecho otra cosa que pelear por ser los amos y señores de este mundo desde que el cristianismo fue proclamdo como la religión oficial del Estado Romano. Allá donde han podido, aliados con el poder terrenal, han prohibido la libertad de pensamiento y de conciencia, han quemado vivos a los disidentes, han frenado los avances sociales, han rechazado la democracia y han apoyado y alentado dictaduras sangrientas. En buena parte podría decirse que la historia de la civilización occidental es la historia de la larga marcha de los seres humanos hacia la liberación del oscurantismo opresor ejercido por la Iglesia Católica y sus jerarcas. Las sociedades musulmanas actuales sufren las consecuencias del mismo integrismo nefasto - no se puede construir una sociedad sin Dios, o sin Alá, nos gritan desde los púlpitos y los minaretes - que nuestras sociedades sufrieron en el pasado, y así les va a ellos y nos va a todos.
Hacen bien los socialistas en salir al paso de las mentiras y las exageraciones que los monseñores lanzaron al viento desde la Tribuna montada en la Plaza de Colón. Y seguramente lleva razón José Blanco cuando dice que los Obispos deberían rectificar o presentarse a las Elecciones. A lo mejor se llevaban una buena lección, porque, según los datos conocidos, el porcentaje de contribuyentes que marca la casilla del IRPF a favor de la Iglesia es inferior al porcentaje de ciudadanos que se declaran católicos practicantes: Esto significa que provocan rechazo incluso entre sus propios fieles.
¿Qué quiso decir el cardenal de Valencia, Agustín García-Gasco, cuando aseguró que la cultura del laicismo radical nos lleva a la disolución de la democracia? ¿Que tenemos que derogar nuestra actual Constitución y volver al Estado confesional? ¿O que las democracias que le gustan a él son las que había en la España de Franco o en el Chile de Pinochét? ¿Y qué quiso decir el cardenal de Madrid, Antonio María Rouco Varela, cuando aseguró que el ordenamiento jurídico en España ha dado marcha atrás con respecto a lo que reconocía la Declaración Universal de Derechos Humanos sobre la familia como núcleo fundamental de la sociedad? A lo mejor no quiso decir nada y era sólo una frase mitinera más en su irresistible carrera hacia la Presidencia de la Conferencia Episcopal. Porque si algo puede decirse, en este terreno, del Gobierno de Rodríguez Zapatero es que ha promovido una legislación en favor de la familia: ahí están los 2.500 euros por cada nuevo hijo, el derecho de los hombres a disfrutar un permiso de paternidad, la ampliación del derecho de maternidad, la supresión de la figura del "culpable" en los procesos de divorcio, la ley de ayuda a las personas dependientes y la extensión a los homosexuales del derecho a formar una familia.
Los obispos y su intransigencia me recuerdan a los nacionalistas: son insaciables por principios. Cada acuerdo que consiguen, cada concesión que arrancan, nunca lo interpretan como una meta, sino como un campamento base en el que refugiarse para reponer fuerzas y planificar nuevas escaladas reivindicativas. Ahora tienen la vista puesta en la cita del 9 de Marzo. Salud, libertad y buena suerte a todos.
Yago Gardel
BIEN HALLADOS
Hace 16 años
1 comentario:
El artículo me parece muy interesante. Creo que en este mundo hay algunos (alto clero) que se han montado su cielo particular. En mi opinión creo que el alto clero si se mantuviera callado evitaría tanta crispación y odios entre unos y otros, por tanto predican poco con el ejemplo de amaos los unos a los otros o perdonar a tu enemigo. Un saludo y espero que el clero se dé cuenta que pierde feligreses con comentarios tan absurdos como los ultimamente publicados. Recuerdo la frase de muchos creyentes "creo en un Dios pero no en esta Iglesia".
Publicar un comentario