El fichaje de Manuel Pizarro por el Partido Popular ha sacado a la palestra electoral un problema ético, económico y social que planteábamos en esta bitácora hace algunas semanas. Ese problema no es otro que los sueldos escandalosamente altos que se adjudican a sí mismos los llamados "capitanaes de empresa".
Resulta que Pizarro, cuando salió de Endesa después de la enconadísima batalla que libró y ganó contra el Gobierno de ZP, se llevó al parecer una indemnización de entre 12 y 15 millones de euros. Como es lógico, los socialistas, a mes y medio de las Elecciones, no podían dejar escapar tan suculenta prensa y se lanzaron como una jauría contra las pantorrillas del aragonés. Inmoral e indecente son los epítetos más suaves que le dedicaron. Y a mí me parece que el epíteto que se merece ese ostentoso rasgado de vestiduras es el de hipócrita. ¿Por qué? Pues porque el caso de Pizarro, como decíamos en el citado artículo, no es ni mucho menos excepcional; y los socialistas, con su mayoría parlamentaria y sus aliados de izquierdas siempre dispuestos a echar una mano, no han hecho nada para evitarlo. Y no sólo eso, sino que ahora prometen eliminar el Impuesto sobre el Patrimonio, con el argumento de que ya no se ajusta a la modernidad. Debe de ser que lo moderno es que los ricos y poderosos se hagan cada ves más ricos y poderosos, sin frenos ni controles, y que a los de abajo les vayan dando por retambufa, como decía mi admirado Francisco Umbral. Esa promesa de ZP, pese al envoltorio tan mono con que la disfrazan, va contra los intereses de la inmensa mayoría y sólo favorece a Pizarro y a unos cuantos miles más de pizarros que tenemos en España.
Pero el hecho de que los socialistas, apremiados por la carrera electoral a cara de perro, hayan reaccionado de una manera poco ponderada, no oculta la cuestión de fondo. Hasta en la tierra de promisión del capitalismo salvaje, los Estados Unidos de América, las mentes más lúcidas claman contra esta voracidad de los altos directivos empresariales, cuyos sueldos multiplican por centenares o miles de veces los salarios de sus subordinados más modestos. El pasado 21 de Enero, el diario El País publicaba una información en la que aseguraba que "Pizarro cobró casi el triple que todo el Gobierno junto", y añadía que "el número dos de Rajoy se subió el sueldo un 44 por ciento en 2005 y un 43 por ciento en 2006". El aludido no sólo no lo ha desmentido ni ha dado síntomas de arrepentimiento. Al contrario, se ha defendido con la energía y combatividad propias de un cuatreño recién salido a la arena: "más dinero ganaron los accionistas de Endesa, gracias a mi gestión", ha dicho. Lo cual puede que sea cierto, pero más aún habrían ganado -o la electricidad podría haber sido un poco más barata- si él y otros cuantos como él se avinieran a tener unas retribuciones más acordes con el sentido común, ese que tanto defiende Don Mariano en sus discursos parlamentarios.
Según los datos que ofrecía El País, Manuel Pizarro cobró en 2006 3,7 millones de euros. Si tenemos en cuenta que estuvo cuatro años al frente de Endesa y le calculamos una indemnización de acuerdo con lo que dice la Ley para los despidos improcedentes (45 días por año trabajado), le habría correspondido la cantidad equivalente a 180 días de salario, es decir, no más de 1,8 millones. Ese es el cálculo que se les hace a quienes se ganan calladamente la vida leyendo los contadores por las casas o a los electricistas que se juegan el tipo para resolver en tiempo récord los apagones. Pero Pizarro, con el beneplácito de un Consejo de Administración amarrado al pesebre y de unos accionistas sin tiempo para la letra pequeña, se multiplicó por siete u ocho veces la indemnización que le habría correspondido, de acuerdo con esa igualdad de todos los españoles que tanto va a defender en los mítines. ¿Hay algo ilegal en ello? Hasta donde sabemos, no. ¿Hay algo inmoral y putrefacto? Evidentemente, sí. ¿Por qué? Pues porque el antiguo presidente de la Bolsa de Madrid no se ha ganado ese dinero con el sudor de su frente, sino por todo el "morrazo" de su cara bonita. Y el hecho de que los accionistas, en este y en otros muchos casos similares, no digan esta boca es mía sólo demuestra una cosa: que la democracia no ha llegado al interior de las empresas; y los tiburones del capitalismo las toman al asalto para luego irse a casa, o a la política, con el riñón bien forrado. En este sentido, podría decirse que Pizarro es un magnífico representante de esos españoles que tanto le gustan a José María Aznar: sin complejos, patriotas, y convencidos de la conveniencia de hacer primero una buena carrera profesional para disponer después de la máxima autonomía en el salto a la actividad política. Por eso se apresuró a firmarle el aval para que entrase por la puerta grande en el PP.
Decíamos, pese a todo, que los socialistas caen en la hipocresía con sus aceradas críticas a Pizarro. ¿Por qué? Pues porque antes de que ocurriera este episodio hemos visto en los medios de comunicación informaciones muy detalladas sobre el contraste tan hiriente entre la asuteridad a rajatabla que se predica y se aplica a los ciudadanos de a pié y la liberalidad con que se tratan a sí mismos los elegidos. Es cierto que resulta muy problemático -seguramente es imposible- fijar un techo legal para las retribuciones de los altos ejecutivos. Pero, en este terreno de la legalidad, tamaños despropósitos podrían combatirse adoptando las adecuadas medidas fiscales. Y también podría promoverse una fuerte sanción moral, denunciando ante la opinión pública los casos más escandalosos, como se hace sistemáticamente con los servidores públicos que se preocupan más por sus bolsillos que por el bienestar de los ciudadanos.
En Mayo de 2005, el Pleno del Congreso de los Diputados, aprobó una resolución en la que se apoyaba o respaldaba el diálogo del Gobierno con la banda terrorista ETA en determinadas circunstancias. Aquella resolución, que ni reunía fuerza de ley ni obligaba para nada al Gobierno de ZP, ha tenido sin embargo una enorme repercusión mediática y política a lo largo de toda la Octava Legislatura. ¿Por qué no ha promovido los socialistas, con su holgada mayoría, una resolución que condenase y censurase con la mayor contundencia los comportamientos más abusivos e injustificados de nuestros altos directivos? Esa es su responsabilidad. Si tan sincero es su rechazo de esos comportamientos, que promuevan esa resolución en la próxima legislatura. Si no lo hacen, si no ponen en la picota mediática a quien se lo merezca, tendremos que pensar que sus ácidas críticas contra la nueva estrella ascendente en el PP son sólo una muestra de la palabrería propia de los charlatanes.
Salud y buena suerte a todos. Y. G.
BIEN HALLADOS
Hace 16 años
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