Un fracasado es el que a los cuarenta años sigue viajando en metro o tren de cercanías. ¿Dónde he leído esta frase? ¿ O la he soñado? Hoy parece no ya políticamente incorrecta, sino impresentable, aunque quizás tenga una cierta gracia como chiste. Y puede que también tuviera un sentido en el pasado, un cierto valor descriptivo de la realidad social, cuando la dura escalada hacia el triunfo necesariamente pasaba por el salto al coche privado desde los incómodos transportes colectivos. Y la cumbre hacia la que convergían todos los triunfadores era el coche oficial, en el que había que subirse y a ser posible no bajarse nunca. Pero hoy el verdadero triunfo es dejar que el tren de cercanías te lleve, anónimo y relajado, mientras hojeas el periódico o lees la novela cuya trama te tiene atrapado.
Yo viajo en tren de cercanías desde mucho antes de esta pelea de ahora por ver si la gestión se la queda el Gobierno central o los gobiernos regionales. Cuando monté por primera vez no existían las Comunidades Autónomas y la democracia era sólo una esperanza en la cabeza de los más exaltados o los más intrépidos. Las máquinas que tiraban de los convoyes ya no eran de vapor, ciertamente, y las vías se habían electrificado, pero las averías eran frecuentes y muchas veces nos quedábamos un par de horitas en mitad del descampado esperando a la locomotora diésel que enviaban a rescatarnos. No había, como ahora, abono transportes y cada día había que pasar por taquilla para comprar el billete de ida y vuelta. Las colas eran grandiosas y uno tenía que contar con ellas para no perderse en el horario de los trenes, que además pasaban cada media hora y no cada cinco minutos. Los revisores, tocados con gorra de plato y guantes blancos, cumplían su misión a rajatabla y el deporte favorito de los más revoltosos era burlar la llegada del "pica" mediante los procedimientos más inimaginables.
A medida que pasaron los años fueron llegando el abono mensual, las máquinas automáticas que sustituían a los revisores e incluso, en el caso de los estudiantes, un abono o carnet para todo el curso, que podía adquirirse - hablo del año 75 - por unas 5000 pesetas. En este punto concreto, el retroceso es patente: los universitarios de ahora, en cuanto rebasan los 21 años ,ya no pueden usar el abono juvenil y vienen obligados a comprar el abono general, cuyo precio sube cada mes de Enero muy por encima del incremento de los salarios.
MUSICA Y AIRE ACONDICIONADO
Una cosa que se vendió a bombo y platillo - ya en la época de los primeros gobiernos socialistas - fue la llegada de los trenes de dos pisos. Los madamases de la cosa decían que aquello era el último grito frente a la "cutrez" de los coches anteriores, con aquellos asientos de skay en los que uno corría el riesgo de deshidratación en las calurosas tardes de verano. El hilo musical y el aire acondicionado eran el no va más de los nuevos ingenios, pero a mí no me gustaron nada y Mercé Sala, que era entonces la presidenta de RENFE, se me puso hecha un basilisco, en un encuentro casual que tuvimos, porque le dije que me parecían espantosas máquinas para el transporte de ganado. Le expuse mis razones: teníamos música y aire acondicionado, de acuerdo; pero ¿qué me decía de los asientos duros como piedras? ¿ quien había diseñado aquellos pasillos donde era imposible cruzarse con otro pasajero? ¿ y quién había ideado aquellos respaldos demasiado bajos en los que uno se jugaba las cervicales si trataba de echar una siestecita? ¿ en qué cabeza de chorlito podía caber que se sentaran tres donde sólo cabían dos? ¿ y por qué habían desaparecido las bandejas portaobjetos? y en cuanto al aire acondicionado, ¿no sería posible dar un cursillo a los conductores para que no nos hicieran pasar frío en verano y calor en invierno? Mercé Sala me miró con conmiseración, como se miraría a un idiota incapaz de adaptarse a los luminosos avances de la modernidad, y se despidió de mí con cajas destempladas. Pero yo me ratifiqué, y me ratificó hoy tantos años después, en que aquellos trenes quizás eran la obra de un ingeniero con muchos premios en diseño industrial, pero no podían ser de nadie que tuviera la costumbre de usarlos todos los días. Salud y buena suerte. (Continuará )
Yago Gardel
BIEN HALLADOS
Hace 16 años
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