A veces me aburro de mi voluntaria condición de vigilante de los planes municipales para el asfaltado de calles. Y todavía me resisto a matar la mañana en los parques alimentando a las palomas, esas repugnantes ratas aéreas. En realidad, no sólo me resisto, sino que detesto una actividad tan dañina para el equilibrio ecológico de nuestras ciudades. Así que tengo que hacer ímprobos esfuerzos de imaginación en busca de nuevos horizontes ( que por cierto no pueden ser muy lejanos, por las razones que ya conté en artículos anteriores.)
Y de pronto se me ocurrió que estaría bien asistir a un debate parlamentario. No me fue muy difícil conseguir una invitación para el debate de totalidad del proyecto de Presupuestos para 2008. ¿Qué es un debate de totalidad? Bueno, para decirlo con pocas palabras, es cuando el Parlamento decide si acepta a trámite o no un proyecto presentado por el Gobierno. En los debates de Presupuestos los gobiernos siempre se la juegan, porque si las cuentas son rechazadas hay que convocar elecciones anticipadas. No es una cosa frecuente, pero a veces sucede, por ejemplo en 1.995, siendo Presidente del Gobierno Felipe González. Y lo curioso fue que el Ministro de Economía era el mismo que hay ahora, pero doce años más jóven y menos calvo.
Este año había nada menos que seis enmiendas a la totalidad, es decir, grupos parlamentarios que quieren echar abajo el proyecto del Gobierno. Así que la cosa se presentaba emocionante, porque los socialistas sólo contaban con el respaldo de los nacionalistas del PNV y la mayoría de los integrados en el Grupo Mixto. Si acudían a votar todos los diputados - cosa que , al parecer, tampoco es muy frecuente - el resultado final podía ser un apretadísimo 176 contra 174. Queridos amigos, os parecerá mentira, pero en algún momento creí percibir en la tribuna de invitados casi tanta emoción e incertidumbre como en una final copera. Alguien comentó a mi lado: "aquí va a perder el que menos se espabile en movilizar una buena flota de ambulancias". Lo de las ambulancias era una exageración, claro, pero hacía referencia a los diputados que pudieran estar enfermos en una y otra parte del Hemiciclo. A Pedro Solbes podía pasarle lo mismo que le ocurrió en Octubre del 95.
90 TRAILERES VIAJANDO DE FRANKFURT A MADRID
Tuve que madrugar un poco más de la cuenta, pero valió la pena.A las nueve menos cinco de la mañana, después de pasar por el arco detector de metales, estaba en mi asiento y a las nueve menos un minuto Manuel Marín le estaba pidiendo a todo el mundo que ocuparan sus escaños porque iban a empezar. El Presidente del Congreso ha vivido muchos años en Europa, en la capital comunitaria, y se le han pegado algunas de las buenas costumbres de nuestros vecinos. Por ejemplo, la puntualidad, que aplica con una precisión digna del Reloj Astronómico que se exhibe en el salón que llaman de los Pasos Perdidos. El caso es que a las nueve Solbes estaba en la Tribuna explicando las bondades de su proyecto. Perecía muy dueño de sí mismo, ajeno por completo a la presión por la incertidumbre del resultado, muy seguro del terreno que pisaba. Me costaba un cierto trabajo seguirle, porque la megafonía no es muy buena, Solbes habla bajito y yo voy un poco duro de oído. Pero de pronto capté una cifra que me hizo volar muy lejos y muy atrás en el tiempo: El Presupuesto de Gastos consolidado asciende a la cantidad de 350.000 millones de euros. Bueno, primero explicaré qué quiere decir consolidado: a groso modo, es la suma del Presupuesto del Estado más el de la Seguridad Social.
Y ahora explico por qué la imaginación me llevó muy lejos y muy atrás en el tiempo. Desde pequeñito he tenido dos grandes pasiones: los camiones y hacer cuentas de cabeza. Como diría Groucho Marx, si estas pasiones no os gustan, también tengo otras, pero de ellas se irá hablando en futuras entregas. El caso es que me pregunté ¿cuántos camiones harían falta para transportar tanto dinero? Primero pensé en calcularlo en unidades de euro, pero lo descarté enseguida porque tantos camiones con tanto peso circulando a toda pastilla, desde Frankfurt a Madrid, para llegar a tiempo de evitar un colapso de la economía por falta de liquidez podían dañar gravemente las autopistas. Luego pensé en los billetes de 500, pero enseguida caí en la cuenta de que presentaban dos graves inconvenientes: los conductores podían ser detenidos al cruzar las fronteras y encima no los aceptan en ningún sitio. Asi que me decidí por los billetes de 100 euros. Son cómodos de llevar en la cartera, no resultan nada sospechosos y nadie puede negarse razonablemente a aceptarlos, salvo que uno quiera usarlos para cualquier minucia.
Supuse que un billete de 100 pesará lo mismo que los antiguos y queridísimos billetes verdes, de modo que un millón ya no equivale a un "kilo", sino a diez. O sea, que estábamos ante una masa monetaria de tres millones y medio de kilos. Un trailer grande puede transportar unos 40.000 kilos, así que la conclusión final fue que harían falta unos 90 traileres. No me parecieron demasiados y consideré que, tanto la Gendarmería francesa como la Guardia Civil española, podrían asumir sin problemas el coste de escoltarlos para evitar asaltos. Esta idea del asalto me llevó al famoso tren correo de Glasgow, de modo que decidí dar por terminada mi excursión al pasado conviniendo con Guillermo De la Dehesa - antiguo alto cargo del Ministerio de Economía - en que la vida sería más fácil, y habría menos tentaciones y menos delincuencia, si fuéramos capaces de acabar con el dinero de papel y nos manejáramos sólo con el dinero de plástico.
RECORDANDO A SWANN
Cuando regresé al Hemiciclo el debate había avanzado bastante, pero no se había calentado nada, porque Solbes es un hombre tranquilo y prefirió no darse por enterado cuando el líder de la oposición le dijo que era un pusilánime y un mandado. Un veleta al albur de los caprichos de su jefe y de sus compañeros de gabinete. El hombre de las arcas públicas le había respondido con alguna ironía fina y ahora estaban enzarzados en una pelea por el estado de la despensa presupuestaria cuando llevaron a cabo el traspaso de poderes en mayo de 2004. Rajoy se mostraba muy indignado porque Solbes había dicho que la despensa no sólo estaba vacía, sino que además no se había pagado la última compra. El Vicepresidente le contestó que el problema consistía en que él-Solbes- sí estaba dispuesto a reconocer los datos positivos de la herencia que le habían dejado los populares, mientras que éstos parecían creer que el mundo se había hecho cuando llegaron al poder y no reconocían el esfuerzo de saneamiento llevado a cabo durante la última etapa de los gobiernos socialistas.
Esta esgrima dialéctica me hizo recordar un pasaje de "En busca del tiempo perdido", cuando el narrador describe el dolor y la agitación que los celos provocan en el protagonista. Estoy citando de memoria, pero lo que viene a decirnos Proust es que Swann - su personaje - quiere creer o necesita sentir que él es el único y verdadero amante que ha tenido su Odette, negándose a comprender que todo amante no es sino un eslabón más de la larga cadena de amantes que pasaron y de los que vendrán en el futuro. Esta historia sobre la fugacidad del amor - "es tan corto el amor y es tan largo el olvido", dice un verso de Neruda - me puso un poco melancólico hacia el final de la mañana. Desde la Tribuna, Durán i Lleida estaba ahora piropeando al hombre de las cuentas: "usted ha sido un muro de contención frente a las pretensiones de otros miembros de su Gobierno". Según supe luego, el Presidente se había enfadado por estos piropos mientras que a él sólo le llovían improperios. Ya se ve que los celos son un material de primer orden no sólo para la literatura.
BALANZAS O "ROMANA"
Después de comer, asistí al forcejeo de los nacionalistas catalanes para que el Gobierno se avengaa publicar lo que llaman las balanzas fiscales. Según creí intuir, sienten celos o envidia por el favorable régimen fiscal que la Constitución reconoció a los vascos. Alguno de los portavoces llegó a decir que esta situación les tiene estrangulados. ¿ Y qué son las balanzas fiscales ? Presuntuoso sería, por mi parte, tratar de explicarlo; y más teniendo en cuenta que el Gobierno se aferra a las dificultades del método de cálculo para no darlas a conocer. Pero, en esencia, puede decirse que la balanza fiscal es la diferencia, a favor o en contra, entre lo que se aporta al presupuesto común y lo que se recibe. Los catalanes creen que aportan demasiado, no como individuos, pero sí como territorio. El problema es que si cada territorio quiere recibir lo mismo que aporta, o quiere decidir por su cuenta cuánto aporta y cuánto se queda, desaparecería una de las funciones principales de un Estado moderno, que no es otra que la de redistribuir la riqueza y compensar a los territorios menos favorecidos.
Los portavoces forcejeaban, exigían, advertían e incluso amenazaban, pero Solbes iba a lo suyo y oía lo de las balanzas fiscales como el que oye llover. Ni caso. La escena me transportó de nuevo hacia el pasado y vi a aquellos vendedores ambulantes que llegaban al pueblo armados con sus "romanas", aquellas básculas manuales cuya precisión podía ser la misma que la de una escopeta de ferias. Las mujeres protestaban, que no me ha pesado usted bien estas naranjas, pero acababan pagando lo que decían el hombre y su "romana". La sisa no escandalosa ha sido siempre la clave del éxito en el comercio al por menor. Ahora suelo ir mucho a la galería comercial del barrio y veo las básculas electrónicas que marcan hasta los gramos, pero cuando uno pide un kilo de uvas, por ejemplo, primero se lo envuelven en un papel de estraza y luego lo pesan. De modo que pagas el papel al precio de las uvas. Todo el mundo tiene que vivir y seguramente no puede ser de otra manera.
Antes de la votación - ganada por el Gobierno con un márgen más amplio del que se esperaba por la mañana - Solbes y los distintos portavoces hablaron de muchas otras cosas, entre ellas el cambio climático y las inversioens medioambientales. Yo volví a casa tratando de calcular a cuánto ascendería la partida necesaria para restablecer el equilibrio ecológico y la limpieza de aceras en nuestras ciudadaes, reduciendo la población de palomas, digamos, a una décima parte de la actual. Pero no llegué a ninguna conclusión, porque me quedé dormindo en mi querido tren de cercanías. Salud a todos y buena suerte.
Yago Gardel
BIEN HALLADOS
Hace 16 años
No hay comentarios:
Publicar un comentario