sábado, 29 de diciembre de 2007

JUBILADOS EN NUEVA YORK: UNA LECTURA SORPRENDIDA DE PAUL AUSTER

¿Vale la pena escribir sobre las cosas que le pasan auno? Me hacía esta pregunta, sentado al sol en un banco del Parque para Mayores, después de haber leído en otras bitácoras que la vida privada de alguien no interesa a nadie. Acababa de leer las últimas páginas de "Brooklyn Follies", una novela en la que Paul Auster nos narra las cosas absolutamente "privadas" que van sucediéndole a un jubilado que se instala en el barrio neoyorquino, luego de 35 años vendiendo pólizas de seguro, para vivir, o malvivir, el último tramo de su existencia.

¿Cuánto hay en la historia de Nathan Glass - protagonista de la novela - de pura imaginación creativa y cuánto de la propia biografía o la propia experiencia de Paul Auster? No podemos saberlo mientras el propio autor no nos lo cuente, pero sí sabemos, por ejemplo, que la rememoración de su propia trayectoria vital fue la materia prima con la que Marcel Proust construyó "En busca del tiempo perdido", una de las cumbres indiscutibles de la literatura universal. ¿ Y qué decir, por poner algún otro ejemplo, de "La ciudad y los perros", de Mario Vargas Llosa; o incluso de "Cien años de soledad", de Gabriel García Márquez ?
Me parece, pues, que se equivocan quienes dicen esto o aquello no interesa a nadie, porque lo que importa - cuando llega la hora de interesar o atraer al posible lector - no es de qué se escribe, sino cómo se escribe. No importa si los personajes son de carne y hueso o imaginarios, si las peripecias son reales o inventadas. Lo que importa es el talento, la capacidad creativa que hay detrás, qué cantidad de belleza o de emoción consigue transmitirnos el autor. Del mismo modo que en la pintura o la fotografía, el motivo es lo de menos, porque lo que nos produce un goce estético es la forma en que se combinan las palabras, las formas, la luz y el color.
DON QUIJOTE CRUZA EL PUENTE DE BROOKLYN
Lo que me más me sorprendió de esta novela fue el paralelismo con mi propia situación vital, porque el protagonista es un jubilado, con el norte perdido después de divorciarse y superar un cáncer de pulmón, que decide volver al territorio de su infancia. A partir de ahí, los encuentros casuales le van llevando a convertirse en una especie de caballero andante en la gran urbe, siempre dispuesto a desfacer entuertos, a socorrer a los menesterosos, y a jugarse el tipo en su altruista defensa de las causas justas. Naturalmente, sin sucesos sorprendentes y extraordinarios no hay novela; y a nuestro Nathan comienzan a ocurrirle encuentros emocionantes. Hay una camarera, bella y amable, pero inalcanzable, por la que se convierte en asiduo del bar Cosmic Diner; un librero y marchante de obras de arte, que acaba cayendo en la tentación del dinero fácil; un sobrino que prometía mucho, pero al que la vida le ha condenado al duro horizonte de conducir un taxi por las calles de la Gran Manzana; y una sobrina a la que Nathan acaba rescatando, no sin arrostrar muchos riesgos, de las garras de un predicador fanático. Para todos idea Auster un final feliz, menos para el librero, cuya herencia es necesaria para que el taxista pueda tener el destino de alquien a quien le tocó la lotería.
Incluso aparece el amor contra pronóstico. Nathan, agradecido, le propone matrimonio a su viuda enamorada, aunque sin mucha convicción por miedo a sus malas experiencias anteriores. Pero la viuda tiene las cosas sorpresivamente claras: "No tienes más que silbar, amiguete, y mi culazo italiano será tuyo, pero eso del matrimonio es para los jóvenes, para la gente que quiere tener hijos". Queridos "blogueros", eso sí que es amor sincero, leal y sin condiciones. No es de extrañar que nuestro héroe, que ha llegado a Brooklyn arrastrándose como un perro herido en busca de un lugar donde esperar el fin de su ridícula vida, acabe proclamándose el hombre más feliz de la tierra.
¿ ELEGÍA O CUENTO DE HADAS?
La historia me atrapó desde los primeros párrafos, porque está escrita con indudable maestría. Pero debo confesar que, a medida que avanzaba en la lectura, me sentía un tanto decepcionado, como si me hubieran dado gato por liebre. La prosa de Auster seguía meciéndome como un columpio que alguien impulsa perezosamente mientras tiene la cabeza en otra cosa. Algo fallaba, sin embargo: esta colección de esforzados, y a veces rocambolescos, finales felices, conseguidos mediante la bondadosa dedicación a resolver los problemas de los demás, no era el retrato ácido de una ciudad muy dura y muy inhóspita que parecían prometer las primeras páginas. No digo que el libro se me cayera de las manos, como me pasó con la muy celebrada "Catedral del Mar", pero veía abrirse una abismal diferencia entre lo que estaba leyendo y "Manhattan transfer", la maravillosa novela de John Dos Passos, publicada en 1.925 y que también retrata la lucha por la vida en la ciudad de Nueva York.
Decidí consultar a través de Internet las críticas que se publicaron hace dos o tres años, cuando salió la novela, y me encontré de todo, aunque en general el autor de "Trilogía de Nueva York" suscita muchos elogios. Finalmente, la clave me la dió el escrito José María Guelbenzu, quien publicó un artículo en el diario "El País" en el que aseguraba que "Brooklyn Follies" debe leerse como un cuento de hadas. Un cuento de hadas que ocurre no en un lejano bosque encantado, sino en un barrio perdido de la gran ciudad; y no a un niño o a una jóven princesa, sino a un resabiado urbanita que va adentrándose, un poco a ciegas, en la tercera edad. Otras críticas eran mucho menos amables y hablaban de un Paul Auster convertido en un auténtico pelmazo sin inspiración, empeñado en explicarnos su aburrida moraleja sobre lo bello que es vivir. Estas descalificaciones me parecieron un poco injustas porque, al fin y al cabo, un autor está en su derecho de transmitirnos, a través de su creación, un mensaje de esperanza, de desesperanza o de lo que le dé la gana. Pero, en el fondo, mi propio juicio coincidía un poco con eso de la falta de inspiración.
Encontré también unas declaraciones del propio Auster, en las que decía que su intención había sido la de escribir una elegía a la forma de vida de su ciudad, Nueva York, antes de que sucedieran los atentados del 11 de Septiembre de 2001. La verdad es que esta afirmación me pareció muy exagerada, porque no creo que la forma de vida de los habitantes de aquella metrópoli haya cambiado tanto como para poder hablar de un antes y un después del 11-S. Lo que sí puede decirse, sin miedo a equivocarse, es que el libro es un canto a la alegría de sentirse vivo. Y a mí me ha hecho pasar unas buenas mañanas otoñales mientras tomaba el sol en el Parque para Mayores. Por eso lo incluí en mi columna de recomendaciones y por eso pongo a su autor como protagonista de la encuesta que os propongo hoy. Salud, buena suerte y feliz 2008 a todos.
Yago Gardel


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