Bueno, queridos convecinos de la "blogosfera", después de 13 entradas en esta bitácora de nombre tan rematadamente cursi, no he conseguido suscitar o merecer ni un sólo comentario. A lo peor no he conseguido ni una sola visita , aparte de las de cortesía que me hacen mis fieles compañeros del mús y la petanca. No se si es un récord que me apunto o esta es la tónica general, pero me siento un poco herido en mi amor propio. Y eso que hubo un momento en que casi me inflamo como un pavo real ( los hombres somos pura vanidad, cantaba Víctor Manuel .) Fue cuando públiqué mi artículo contrario a la idea de un tipo único para la tarifa del IRPF. Un par de días después hice una búsqueda por las bitácoras y, coño, allí estaba mi artículo, justo al lado del que publicó Miguel Sebastián en el diario El País. Casi no me lo podía creer, y me sentí como un maletilla invitado por José Tomás a compartir cartel en Las Ventas.
Pero la euforia duró poco y temí hundirme en el desánimo, cosa que no sucedió gracias a mi esposa, que me anima a seguir enviando botellas con mensaje a este Ponto proceloso que es el ciberespacio. Persevero, pues, en mi cita diaria con el teclado, aunque en esta decimocuarta entrega he decidido pasarme al lenguaje cheli, al menos en el título: ni flawers viene a significar ni puñetero caso en ese habla que tuvo y tiene en Madrid su territorio más propicio, que gozó su época de gloria en los años ochenta del siglo pasado, y encontró a su cronista insuperable en mi admirado Francisco Umbral. Ya dejé escrito en la entrada fundacional de esta bitácora que la lectura de Umbral es, a mi juicio, inexcusable para quien quiera escribir en castellano; y la recomiendo ahora para quien quiera profundizar en los recovecos, en el olor y el sabor del lenguaje cheli.
UNA CAÑA, TRES PESETAS
De olores y sabores va esta nueva florecilla en el camino - a la que también podría llamar cagadita en la cuneta para mantenerme fiel al espíritu del título - porque quería hacer algunos comentarios sobre los placeres sencillos, y baratos, que puede uno disfrutar en torno a una jarra de cerveza aderezada con la amable compañía y la charla divertida de los amigos.
La primera vez que yo probé la cerveza fue el mismo año en que Bob Beamon hizo en México un salto equivalente a tres Seat 600 puestos en fila india, según el alucinado relato de la hazaña que nos hizo a la mañana siguiente el profesor de latín. Mi padre había ido a echar una partida de cartas en el bar que acababan de inaugurar debajo de casa, y mi madre me mandó a buscarlo con el recado de que la comida estaba lista. Uno de los compañeros de mi padre comentó que ya estaba yo convirtiéndome en un hombrecito y le pidió al camarero una caña para el chico. Creí que iba a vomitar con el sabor inconcebiblemente amargo de aquel brebaje que además me pegó un buen trallazo en la garganta aún no acostumbrada a bebidas tan frías. Supuse que estaba fabricada con acíbar, una sustancia de la que mi madre hablaba a veces como mano de santo para resolver el problema de los bebés demasiado enviciados con la teta materna.
Un par de años antes había sufrido un encontronazo parecido con el tabaco. Un compañero de correrías y yo juntamos todos nuestros ahorros y fuimos al tendero del pueblo con el engaño de que nos vendiera un paquete de Ducados para mi padre. El tipo aquel debió de apiadarse de nosostros o se atuvo al eterno principio de que el negocio es el negocio, porque de lo contrario habríamos sido descubiertos al instante: mi padre no fumaba Ducados, sino que liaba - con hábiles y parsimoniosos dedos - sus propios cigarrillos con un tabaco de picadura que él llevaba siempre en su petaca y que se vendía en unos paquetes que llamaban "cuarterones". El caso es que el tendero nos vendió el Ducados y mi compadre y yo emprendimos raudos el camino de las bodegas para llevar a cabo nuestra ceremonia iniciática. A la primea calada sentí que los pulmones me iban a estallar; y antes de medio cigarrillo todo aquel paisaje agreste estaba dando vueltas a mi alrededor vertiginosamente. Menos mal que en el camino entre las bodegas y el pueblo había una fuente, y de aquella fuente manaba un hermoso chorro de agua muy fría bajo el cual mantuvimos la cabeza hasta estar encondiciones de no volver a casa dando tumbos.
Nunca pude acostumbrarme a tragar el humo del tabaco, pero sí aclimaté el paladar - aunque no de la noche a la mañana - al sabor de la cerveza; y a día de hoy son mis preferidas las más amargas y de más alta graduación. Por otra parte, aquel primer encuentro con la milenaria bebida tuvo para mí un añadido extraordinario porque conseguí mi primer empleo: el vecino que me había invitado - un linotipista ilustrado que leía Pueblo - me hizo el encargo de traerle todas las tardes el periódico. Y así fue como aprendí que ambas cosas, la caña y el diario, costaban lo mismo: tres pesetas. Y así fue también como cogí la costumbre de comprar el periódico todos los días, hasta convertir ese gesto mínimo en una práctica de características casi religiosas, como un creyente devoto que no pudiera conciliar el sueño sin haber rezado antes sus oraciones. He llegado a caminar kilómetros - por ejemplo, cuando he tenido la suerte de viajar al extranjero - en busca de un quiosco donde hacerme con el periódico del día.
DE LOS EGIPCIOS A CARLOS V
Agua, levadura, lúpulo y malta ( granos de cebada germinados y tostados .) Estos son los ingredientes exclusivos con los que debe elaborarse una buena cerveza, según la Ley de Pureza promulgada en 1.516 por el Duque Guillermo IV de Baviera. En honor y memoria de aquella fecha, tenemos en España la San Miguel 1.516, que también está entre mis favoritas. Cuando el Duque benefactor decidió intervenir en defensa de los consumidores, la cerveza llevaba ya sus buenos 6.000 años acompañando los pasos de la Humanidad sobre la Tierra. Al parecer, es a la civilización egipcia a la que corresponde el honor y gloria eterna de haberla inventado. Un año después de aquel decreto bávaro llegó a Castilla uno de los más afamados bebedores de cerveza de todos los tiempos: el Emperador Carlos V, que se había aficionado en su Flandes natal y se convirtió en el gran impulsor de esta bebida en la península Ibérica. Otra de mis favoritas trata de mantener viva aquella historia en la conciencia de las gentes: Legado de Yuste.
RECOMENDACIONES PARA UN BUEN TRAGO DE CERVEZA
Los entendidos aseguran que en la cata de la cerveza, como ocurre con el vino, no interviene sólo el sentido del gusto, sino que también son fundamentales la vista y el olfato. Seguro que tienen razón porque si nos ponemos - o nos piden que nos pongamos - estupendos para probar un buen vino, no hay razón para no hacer lo mismo con la cerveza. Las copas tienen que ser de cristal transparente ( nunca de plástico, por favor,) más altas y estrechas para las cervezas ligeras o sin alcohol y más rechonchas para las más tostadas y de mayor cuerpo. Está prohibido beber a morro de la botella o el bote de aluminio. La temperatura debe ser fría, pero no demasiado porque se perdería una parte del sabor: alrededor de 4 ó 5 grados es lo más recomendable. Téngase en cuenta que para el vino blanco se recomiendan unos 10 grados como temperatura de servicio y para el tinto unos 17 ó 18. Y otro tanto sucede con las copas, que deben estar frías pero nunca congeladas, porque entonces la capa de escarcha que se forma desvirtuaría el sabor de la bebida. Además hay que "tirar" el líquido desde una distancia adecuada para que se bata delicadamente, se oxígene y se forme una corona de espuma de un centímetro y medio más o menos.
Una vez observadas todas estas precauciones, lo que yo recomendaría es compaginar el disfrute de una buena cerveza con la lectura de un buen periódico: amigos míos, de ese encuentro surge siempre, o casi siempre, uno de los momentos grandes del día. Pocos placeres tan tentadores ( en las mañanas de verano ) como sentarme a la sombra que hace mi propia casa con el periódico recién comprado, una cerveza bien fresquita, un poco de pan y unas "tapitas" de jamón de bellota ( que sólo me puedo permitir muy de cuando en cuando.)
Realmente la cerveza va bien con casi todo. Los fines de semana suelo quedar con los amigos en un bar del centro para tomar unas cañas antes de comer. La camarera nos tiene preparados unos pinchos que ella misma cocina con manos primorosas; y también nos pone unas aceitunas grandes y negras, aliñadas con cebolla muy picadita, aceite y pimentón picante. Y llega un momento en que ya no sabemos qué nos gusta más: la charla un poco alborotada, las aceitunas, la cerveza o la camarera. En uno de esos trances previos a la meditación profunda de la siesta debía de encontrarme cuando pergeñé estos versos que arrancan con un plagio ( intercontextualización, dicen algunos cuando son pillados in fraganti ) del Canto General nerudiano, para adentrarse luego por una trocha de rima libérrima y métrica imposible:
No invoco tu nombre en vano,
oh mi amada cerveza,
cuando, en las otoñales tardes sedientas,
sueño la plenitud dorada de tu cuerpo
estrellándose contra la helada transparencia de las copas.
Y en los labios anticipo
la sedosa caricia de la espuma,
mientras un torrente de frío se desploma,
desde la boca hacia lo hondo,
y me recorre, y me estremece y me conforta.
No invoco tu nombre en vano,
oh mi amada cerveza,
cuando te alzo en mi mano y grito salud.
Y ese grito, convertido en eco por los ojos que me miran,
vuelve a mí y me dice aún nos queda la amistad,
nos queda el futuro, nos queda la esperanza.
Una última recomendación para los que vayáis a conducir. Ni un trago cuando estéis al volante, y menos aún de las más "cabezonas", como la Voll-Damm, que también está entre mis preferidas. Salud y buena suerte a todos.
Yago Gardel
BIEN HALLADOS
Hace 16 años
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