jueves, 20 de diciembre de 2007

SOBRE LOS PRECIOS Y LA MALA CALIDAD DEL PAN

El pan es de Dios, nos decían de niños en la aldea remota. Y nos enseñaban que, si un trozo caía al suelo, había que recogerlo de inmediato y besarlo. Estaba terminantemente prohibido, como si tal acción atrajera a los malos espíritus, colocar el pan sobre la mesa al revés de como se había cocido en el horno. El pan era algo más que un alimento rico en fibras e hidratos de carbono, era un objeto de culto en aquella sociedad constreñida a una economía de supervivencia
Entre los recuerdos más antiguos de la infancia conservo la imagen borrosa de un salón no muy grande que tenía al fondo un horno por cuya boca asomaban las llamaradas. Había unos cuantos bancos corridos, como esos que vemos a veces en las cervecerías alemanas, donde las mujeres amasaban sus panes mientras los troncos de encina iban convirtiéndose en un montón de ascuas. Desde entonces, y a lo largo de toda mi vida adulta, he perseguido el olor y el sabor, la textura de aquel pan. No lo he encontrado y, en consecuencia, una de mis quejas permanentes ha sido y es la mala calidad del pan que le venden a uno en casi todas partes.

Puede que los recuerdos me traicionen, pero el hecho objetivo es que aquel pan, guardado en una pequeña artesa, aguantaba sin problemas tres o cuatro días. Ahora, una barra de pan que compras por la mañana por la noche ya se ha puesto dura y no puedes comerla. No tengo ni idea de por qué ocurre esto, pero supongo que los fabricantes hacen una masa cada vez más pobre, en la que se abusa quizá en exceso de la cantidad de levadura y agua y se escatima la harina. A lo mejor era esto lo que sucedía hace algunos años, cuando se desencadenó en la ciudad lo que llegó a denominarse como "la guerra del pan". Te ofrecían la barra a cinco duros,y en algunos supermercados incluso gratis, con tal de que hicieras una compra por equis cantidad de dinero. Luego, ya en casa, te llevabas el gran disgusto al comprobar la calidad ínfima de lo que te habían vendido o regalado.
En los últimos meses, además de esa calidad deficiente que yo denuncio, el pan ha venido a sumarse a la cesta de productos básicos que han sufrido fuertes subidas de precios, como consecuencia del encarecimiento de las materias primas y de la especulación. Es posible que no existan razones económicas para justificar esa subida y que todo se deba a una estratagema comercial para sacarnos el dinero a todos los que, sencillamente , no sabemos comer sin pan. Sea lo que sea, el resultado es que el pan, según una información que leí el otro día, ha subido más de un catorce por ciento en este año.
Pero, a pesar de lo mal que sienta que suban los precios de manera tan caprichosa, yo haría más hincapié en la calidad del producto. No me importa que el pan sea caro si a cambio puedo darme el placer de disfrutar un auténtico manjar. Y haría más hincapié en la calidad porque estamos hablando de un bien que por fortuna me puedo permitir, aunque sea caro. Las angulas, el caviar, los hoteles de cinco estrellas o los yates, me da igual que suban o bajen de precio: nunca me los podré permitir por muy baratos que me los ofrezcan. En cambio, allá donde voy busco intensamente el "lujo" de comer un buen pan, porque eso sí me lo puedo permitir, pese a la modesta cuantía de mi paga.

RECETA PARA UNAS EXQUISITAS MIGAS ALCARREÑAS
Como complemento a este comentario sobre los precios y la calidad del pan, os ofrezco aquí una receta posible para aprovechar y "dignificar" un poco este pan de medio pelo que tiene tanta tendencia a quedarse duro a nada que te descuidas. Cogemos la noche anterior unas cuantas barras ( digamos que media por persona más o menos ) y las cortamos o picamos. A continuación las humedecemos bien con un poco de agua y las "aliñamos" con orégano, canela y una pizca de pimienta molida. Las removemos un poco y las dejamos reposar durante unas horas. Al día siguiente ( digamos una hora antes de comerlas ) cortamos unos dientes de ajo en láminas muy finas, los freímos en aceite de oliva y los apartamos para que no se quemen. En el aceite de freir los ajos freimos ahora un poco de panceta cortada en pequeños cuadraditos. Cuando la panceta esta bien hecha, la sacamos de la sartén, la juntamos con las láminas de ajo y lo mezclamos todo con las migas. El aceite que nos había quedado lo apartamos del fuego y, cuando todavía está caliente, diluimos en él dos cucharadas de pimentón. Y a partir de aquí sólo nos queda darles el toque maestro a las migas: ponemos el recipiente donde las teníamos al fuego mediano y con una paleta les damos vueltas y más vueltas de manera incansable al tiempo que vamos añadiendo poco a poco el aceite con el pimentón diluido. El color y el olor irán siendo más y más tentadores a medida que las vayamos trabajando. Y del sabor no digamos nada: la mezcla de los ajos, el orégano, la pimienta, la canela y la panceta nos producirá tanta felicidad como escuchar la "Pastoral" de Bethoven mientras conducimos por una carretera solitaria. Por añadidura, es una mezcla intensamente afrodisíaca, según tengo entendido.
Para que todo resulte perfecto, las migas deben comerse por el método que llamamos "cucharada y paso atrás". Es decir, la sartén o la olla en que las hemos hecho se coloca en el centro de la mesa, o en el suelo si es que estamos en el campo, y los comensales se colocan de pie alrededor y van comiendo por turno y con todo el recogimiento de que sean capaces. Si además las acompañamos con unas uvas blancas, estaremos tocando el cielo con los dedos. Queridos "blogueros", corto aquí porque ya se me esta haciendo la boca agua. Feliz Navidad, salud y buena suerte a todos.
Yago Gardel

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encantaría probar esas migas, para compararlas con las de mi madre, alcarreña como tu, con más de ochenta años cumplidos. A ver si quedamos.