El Viso y el Ecce Homo son dos cerros casi gemelos, ubicados ambos en el término municipal de Alcalá de Henares, y desde los cuáles se domina una hermosa panorámica de toda la comarca del Corredor del Henares. Ambos se yerguen, tentadores, en la márgen izquierda del río, pocos kilómetros antes de que éste junte sus aguas con las del Jarama, en el término de Mejorada del Campo. El Viso, que acoge en su cima una instalación militar, fue repoblado con pinos hace décadas, mientras que en las laderas del Ecce Homo sólo crecen aliagas, esparto, tomillo, alguna retama y otras pequeñas plantas herbáceas propias de la vegetación esteparia.Pero este último constituye un verdadero paraíso para el senderismo y la bicicleta de montaña, porque está enclavado en el Parque de los Cerros, un espacio natural bastante grande - unas mil hectáreas - que antes se dedicaba exclusivamente a la caza y que fue adquirido en los años ochenta del siglo pasado por el Ayuntamiento complutense.
Es, pues, de cajón que la Asociación Hijos y Amigos de Alcalá haya elegido este cerro, que se eleva unos doscientos o doscientos cincuenta metros sobre el nivel del río, para hacer una excursión anual con el fin de colocar un pequeño belén en la cumbre. Este año la cita era el pasado domingo casi de madrugada, y nos pareció una buena excusa para disfrutar una agradable mañana campestre, ya que el tiempo se anunciaba frío, pero soleado. Teníamos que hacer un buen montón de kilómetros para llegar al punto de concentración en el centro de la ciudad alcalaína, así que optamos por acudir con el coche hasta el aparcamiento de tierra situado a la entrada del Parque de los Cerros. Para llegar hasta allí hay que tomar la carretera que sale de Alcalá hacia Arganda y recorrer un par de kilómetros. El aparcamiento queda a mano izquierda, justo enfrente del Cementerio Jardín, y pocos metros
después de cruzar el
río.
Una vez en el aparcamiento, puede decirse que todos los caminos conducen al Ecce Homo: basta con echarse a andar hacia el Este, por alguno de los magníficos caminos rurales que mantienen los servicios de conservación del parque. La propia silueta del pico, nos servirá de referencia visual permanente, aunque también se han puesto hace poco unos postes marcados con el color amarillo que nos guiarán en caso de duda. A los diez minutos de comenzar encontraremos un desvío a la izquierda, con una flecha de madera que indica la dirección hacia el "castillo". En realidad se trata sólo de unas ruinas mal conservadas de una antigua fortaleza musulmana. Estas ruinas - restos de torreones y aljibes - quedan al pie de la ladera sur del monte, pero el camino para acceder a la cumbre va rodeándolo, como si de una estrategia militar se tratara, para atacarlo por la cara más practicable. Es un terreno muy arcilloso y muy propenso, por tanto, a sufrir los efectos de la erosión cuando se producen lluvias torrenciales o de cierta intensidad. Mientras vamos caminando y ganando altura suavemente por la pista forestal podremos observar, a un lado y otro del camino, los profundos barrancos que el agua ha ido abriendo a lo largo del tiempo.
Unas cincuenta o sesenta personas completaron el recorrido - aproximadamente una hora y media - desde el aparcamiento hasta la cima, donde quedó instalado el pequeño belén en otras ruinas situadas en el centro de la planicie y que son lo poquísimo que queda de una de las ermitas erigidas en este cerro en siglos pasados. Nos contaron que el nombre antiguo del lugar era la Vera Cruz, por una leyenda sobre la aparición del símbolo de los cristianos durante la época de la Reconquista, y que existen en el subsuelo vestigios de un prehistórico poblado celta.
Yago Gardel
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