jueves, 13 de diciembre de 2007

NUESTROS ALTOS EJECUTIVOS Y SUS IMPÚDICOS SALARIOS

En días pasados fue noticia de primera plana la incorporación de Rodrigo Rato a un banco extranjero especializado en asesorar o diseñar operaciones financieras para la fusión o adquisición de empresas. Como es sabido, Rato viene de una familia de dinero de toda la vida, fue Vicepresidente del Gobierno durante la época de Aznar y pudo haber sido el elegido para sucederle al frente de las huestes populares. Pero el marido de Ana Botella prefirió a Rajoy y Rato, con ánimo de estorbar lo menos posible, se marchó a Washington para dirigir el Fondo Monetario Internacional.
Uno de los detalles más comentados de su fichaje por el banco Lazard ha sido el sueldo que cobrará: unos cinco millones de euros anuales, para empezar. Algún periódico llegó a destacar que esa cifra multiplica por más de cincuenta el sueldo que cobra su antecesor y luego sucesor al frente del Ministerio de Economía. Son cifras muy llamativas, pero que no se desvían, e incluso están por debajo, de lo que suelen cobrar los altos ejecutivos de las empresas. La clave de tan generosos ingresos es que los altos ejecutivos, entre sus muchos privilegios, incluyen también el de fijar la cuantía de sus propios salarios y los incrementos que reciben cada año, de manera que se llega a situaciones extremadamente injustas. Hasta en Estados Unidos, tierra de promisión de los adoradores del becerro de oro, se ha criticado a veces que los directivos lleguen a multiplicar por 500 ó más veces el sueldo que cobra su empleado más modesto. Y se ha criticado porque esos emolumentos exorbitantes no tienen nada que ver con el valor añadido que estos señores aportan al producto final que vende su empresa; y en muchas ocasiones esa generosidad con la que se tratan a sí mismos va en detrimento de la propia cuenta de resultados de la compañía.
Con demasiada frecuencia los directivos olvidan que, al fin y a la postre, no dejan de ser un empleado más, por muy relevante que sea su función. Ya quedan muy pocas empresas importantes que sean propiedad de quienes las dirigen. Hoy los dueños son los cientos, miles o cientos de miles de accionistas que puede tener una compañía como Telefónica, Repsol o Endesa. Hace unos meses, causó cierto revuelo ( a mi juicio menor del que debería haberse organizado ) la publicación de lo que cobra el Presidente del BBVA, que encima fue colocado ahí no por sus méritos o capacidades, sino por el "dedazo" de sus amigos en el Gobierno de José María Aznar. Entre salario fijo, más conceptos variables más lo que la empresa aporta a su Fondo de pensiones, el señor González viene a salir por unos 17 millones de euros anuales: Es como si le estuviera tocando cada año una Primitiva de esas que nos dejan sin aliento. Está claro que tiene un muy alto concepto de sí mismo y ha querido reflejarlo en la nómina, con el consentimiento - comprensible - del Consejo de Administración; y el visto bueno - ya no tan comprensible - de la Junta de Accionistas. Nosotros mejoraríamos mucho el concepto que nos merece si el señor González ( y no sólo él sino todos los que pertenecen a su casta ) tuviera el gesto torero de hacer pública su declaración de la renta.

¿ PUEDE UNO SOLO VALER POR TRESCIENTOS

Según mis cálculos, siempre a ojo de buen cubero, esos ingresos anuales del señor González, que no son excepcionales ni mucho menos en la banca y otras grandes empresas, equivalen a lo que cobran más de 300 directores de oficina. A menos que pudiera demostrarnos que su poder es tan grande como el de aquel que caminó sobre las aguas, tenemos que considerar como un insulto a la razón, un atentado contra el sentido común, que alguien pretenda decirnos que su aportación a la riqueza que genera su empresa equivale a la que aportan, con su esfuerzo de cada día, más de 300 directores de oficina. Quizá estos directores, en una de esas reuniones anuales que suelen hacer para adoctrinarles, deberían decirle lo que decían los viejos nobles castellanos cuando coronaban a un nuevo monarca: "recordad que uno sólo de nosostros valemos tanto como vos; y todos juntos, mucho más que vos". ¿ Y qué decir de los accionistas? ¿ Por qué no montan un buen "pollo" en la Junta? Porque ellos son los dueños de la empresa y son los más perjudicados, ya que podrían cobrar unos mejores dividendos si los señores del Consejo fueran un poco más comedidos. Asimismo, se perjudica gravemente a los clientes, que podrían verse beneficiados por unas comisiones un poco más razonables.
También resulta muy clamoroso el silencio de ciertas instituciones frente a tanta avaricia y tanta desmesura. Comentábamos en esta bitácora hace un par de días las propuestas ultraliberales de las Cámaras de Comercio, propuestas entre las que se incluye la de ligar los salarios a los incrementos de productividad. ¿ Cómo es que no recomiendan o exigen a los altos directivos que liguen sus ingresos a lo que realmente producen? ¿ Cómo es que no deploran los contratos blindados - o superblindados - de los directivos, cuando están pidiendo que se recorten las indemnizaciones por despido?
Se criticó mucho a Alfonso Guerra, hace ya bastantes años, cuando habló - no recuerdo ya si en el Parlamento o en uno de aquellos mítines en que sus "descamisados" le pedían que diera caña - de la posibilidad de establecer una Ley de Hierro de los Salarios. Seguramente llevan razón los que dicen que eso no es posible en una economía de libre mercado. Pero tampoco es de recibo que un empleado, por muy alto que sea el lugar que ocupa en la cadena de mando, decida la cuantía de su propio salario. Quizá deberían aceptar que esa cuantía la fijase una comisión en la que podrían estar ellos mismos más una representación de los trabajadores y una representación de los accionistas elegida por sorteo. Nadie en su sano juicio negaría que el sueldo mayor debe ser para el Presidente de la compañía, pero otra cosa es por cuántas veces debe multiplicar este sueldo el que percibe el empleado más modesto, es decir, cuál es el abanico salarial que consideramos aceptable. En el caso del BBVA, por seguir con el ejemplo que vengo citando, el abanico está ahora mismo entre uno y mil. Y a mí me parece que ya estaría bien con que fuera de uno a cien o ciento cincuenta como mucho.
Bueno, queridos "blogueros", creo que hoy me ha salido una entrada muy "pancartera", como diría José María Aznar, así que voy a terminar contadoos un chiste: estamos en una clase de Ética, Moral y Religión y el profesor quiere pulsar el grado de conocimientos de sus alumnos sobre los pecados capitales.
-¿ Qué es la avaricia?- pregunta el profesor a uno de sus alumnos del montón, ni muy listo ni tampoco de los más torpes.
- La avaricia- contesta el alumno - es el deseo desordenado de comer y de beber muy bien. Se corrige practicando la lujuria.
Salud y buena suerte a todos. Yago Gardel

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